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Por: Felipe Arango López

Todo hombre que ama el fútbol ha tenido un número 10 que lo ha marcado para siempre; ese jugador que, de alguna manera, hizo que se enamorara de este deporte.

Mi abuelo tuvo a Pelé.
Mi papá tuvo a Maradona.
Y yo te tuve a ti, Messi.

Sé que muchos han contado tu historia. Guillem Balagué, Alfredo Varona, Bruno Olcese y tantos otros han intentado explicar quién eres, lo que hiciste y todo lo que significaste para el fútbol.

Pero hoy no quiero contarte tu historia.

Hoy quiero contarte la nuestra.

Porque tú naciste en 1987 y yo en 2003. Nos separan 16 años, más de 4.664 kilómetros y dos vidas que, en teoría, nunca tendrían por qué haberse cruzado.

Y, sin embargo, tu carrera, tus goles, tus derrotas, tus victorias y tu manera de jugar cambiaron la vida de alguien que creció con la posibilidad de ver el fútbol más hermoso que existe, uno donde estés jugando.

Maradona, con Messi / Getty Images

La primera vez que te conocí fue en el año 2010, en el Mundial de Sudáfrica. Mi papá me hizo apoyar a Argentina, ya que Maradona, su ídolo, estaba dirigiendo a la selección, y yo, mientras tanto, te observaba cómo lo dabas todo en la cancha, sin importar que se te diera un gol. Fue una lástima no haber podido gritar un gol tuyo en ese Mundial.

Al año siguiente me hiciste enamorar de este deporte y del Fútbol Club Barcelona. Fue por allá en el año 2011, en una noche tuya épica de Champions League. Tú remontabas la fase eliminatoria contra el Arsenal de Inglaterra, que era el equipo que me quería hacer hincha mi primo, pero puedo decir que gracias a ese partido me hiciste culé y, una vez culé, siempre culé.

Fotografía: Conmebol

Verte acumular éxitos con el Barcelona, ganando títulos, Botas de Oro y Balones de Oro, y cómo no, tus golazos en los clásicos contra el Real Madrid, ni de qué hablar. Ha sido una de las etapas más felices de mi vida.

Sin embargo, en los años 2014, 2015 y 2016 también afrontaba verte caer, y en el Mundial de Brasil me hiciste descubrir qué significaba tener un corazón roto. Luego, los dos años posteriores fueron el mismo dolor, pero jamás se compara con el dolor de aquel 14 de julio de 2014.

Creo que nada me dolió más que escucharte decir la frase «no se me da» y verte renunciar a la selección. Yo pensaba: bueno, a veces no podemos pedirle a la vida que nos dé lo que más deseamos, por más que lo queramos, si el destino no lo desea…

Seguía disfrutando verte jugar con el Barcelona, pero te extrañaba verte jugar para Argentina.

Afortunadamente, en 2018, cuando tu país más te necesitaba, regresaste para ayudarlo a clasificar a la Copa del Mundo, incluso después de que te lanzaran todas las críticas, de que eras un pecho frío y de que no sudabas la camiseta albiceleste.

En ese Mundial, aunque te vi dándolo todo y poniendo en aprietos a quien sería la campeona de ese Mundial, Francia, no fue suficiente pero al menos te vi intentándolo.

Fotografía: Dave Thompson/AP

El tiempo fue pasando y, en 2019, pensábamos que eras capaz de conquistar el mundo. Tú solo, con tu magia, ibas a ser el primer jugador en conquistar un triplete por tu cuenta, pero lamentablemente llegó aquella noche de Anfield, y ahí nos hiciste descubrir que eras humano, aunque con tu fútbol no pudiéramos creerlo.

Fotografía: Reuters

Me tocó afrontar las penas contigo en 2020, viéndote perder 8-2 contra el Bayern Múnich, y en 2021, cuando te tocó irte del Barcelona, aunque jamás quisiste hacerlo. En ese momento sentía que ambos necesitábamos una victoria, porque los dos estábamos atravesando momentos difíciles en nuestras vidas.

Mientras tú tenías que marcharte de aquel lugar que durante tantos años había sido tu hogar, yo tenía que despedirme del hombre que me acompañaba a ver tus partidos, aunque ninguno de los dos quisiera que llegara ese momento.

Fotografía: AP

En 2021 nos enseñaste que hay que seguir luchando por aquello que queremos, aunque a veces el destino nos diga que no. Porque, tarde o temprano, ese mismo destino termina diciéndonos que sí. Y, gracias a Dios, Di María hizo aquel gol que tanto esperábamos, para que por fin pudieras sentir lo que era ganar un título con tu selección y yo poder por fin verte levantar la copa con tu país.

(AP Foto/Martin Meissner) (Martin Meissner / Associated Press)

Llegaría Qatar 2022. Mencionabas que era el último baile y, claro, yo estaba de lo más nervioso. Le rezaba a Dios para que, aunque el destino nos hubiera dicho que no tantas veces, esta vez nos dijera que sí. Le pedía que, por favor, Montiel metiera ese bendito penal, porque sabía todo lo que habías luchado hasta el final.

Todo el mundo quería que tu historia terminara con un final feliz. Y aquel 18 de diciembre, por fin, ambos obtuvimos ese final que tanto habíamos esperado: yo, viéndote levantar la Copa del Mundo, y tú, convirtiéndote por fin en campeón del mundo.

Fui de los más agradecidos por poder disfrutarte con el parche de campeón del mundo, pero todavía faltaba algo más: poder verte jugar en vivo y presenciar, frente a mis propios ojos, la magia que haces con un balón.

Durante mucho tiempo pensé que eso era una fantasía que jamás iba a poder cumplir. Lo veía como uno de esos sueños que parecen imposibles, como cuando un niño sueña con ser astronauta. Pero el 31 de enero de 2026, sucedió.

Llegó el partido de la historia: Atlético Nacional, el equipo del que soy hincha, se enfrentaba al Inter Miami, el equipo en el que, después de todas las exigencias de ganar títulos en Europa y con tu selección, jugabas simplemente por el amor a este deporte.

Ese día jamás lo olvidaré, porque pude verte frente a frente en el Atanasio Girardot. Y, como si la historia no pudiera ser más perfecta, llevaba mi famosa bufanda de «¿Qué mirás, bobo?». Desde el bus pude verte riendo junto a Luis Suárez y, para mi sorpresa, me saludaste.

En ese momento sentí que aquel sueño que durante tantos años había parecido imposible finalmente se había hecho realidad.

Y hablando de imposibles, nadie esperaba, ni siquiera yo, que a tus 39 años pudieras hacer el Mundial que hiciste este año, regalándonos un último gran espectáculo. Aunque duele en el alma no haberte podido ver levantar, una vez más, la Copa del Mundo. En el MetLife Stadium, sin duda nos dimos cuenta de que tu carrera terminó con un final feliz.

Porque la felicidad jamás consistió en verte levantar un título, sino en que pudimos disfrutar del fútbol contigo.

Adiós, número 10. Eterno número 10. Gracias por hacerme amar este deporte de una manera que jamás imaginé.